El muelle
Un mar de vidrios rotos y un muelle inalcanzable.
Esta obra habla de ausencias, duelo, y búsqueda de la identidad.
Busca que el espectador vivencie ese momento de incertidumbre que podemos experimentar al sabernos arrojados a lo desconocido donde el paisaje se percibe peligroso y hostil; y el instante en que descubrimos que hay una estructura que ya no nos contiene.
El punto de vista del visitante condiciona su percepción: ha caído al mar, ha sido arrojado a un amenazante mar de vidrios rotos. En este paisaje dado, el muelle irrumpe como la salvación. Pero sin embargo este se encuentra privado de su funcionalidad por su proximidad con el techo de la sala. Se genera allí un pequeño aire, entre el muelle y el techo, en el que el espectador no cabe y que inaugura entonces, la categoría de lo siniestro.
La fría y parpadeante luz fluorescente que por encima de la pasarela ilumina el techo refuerza esta idea.
Mientras tanto, en el piso, las botellas rotas hablan del ritual de bautismo de un barco antes de zarpar por primera vez. Con la intención de visualizar un deseo de prosperidad en un comenzar, es la esperanza, es partir, emprender un viaje… Pero la acumulación generada por la repetición del gesto hasta el cansancio, lo lleva a un plano más denso y oscuro. Lo enquista, lo ancla en la instancia del puro deseo que no pasa a la acción.
Es ahora el momento en que el visitante debe sortear este cementerio de ilusiones rotas, para encontrar una salida. Y si hacia afuera no se puede quizá sea hacia adentro.
Francisco Raul Mondet
